3I/ATLAS: El objeto interestelar no se parece a nada conocido

El objeto interestelar 3I/ATLAS sorprende por su química inusual. Detectan CO₂ masivo y casi nada de agua. NASA y JWST en alerta.
Un equipo internacional de científicos liderado por la NASA está analizando a contrarreloj el paso de 3I/ATLAS, el tercer objeto interestelar detectado en nuestro sistema solar. Descubierto el 1 de julio por el telescopio ATLAS en Chile, el visitante cósmico ha revelado una composición química inesperada: altísimos niveles de dióxido de carbono y muy poca agua. Las observaciones provienen de misiones como el telescopio espacial James Webb y la nueva sonda SPHEREx, y abren interrogantes sobre el origen y la naturaleza de este cuerpo. Mientras algunos astrofísicos contemplan hipótesis radicales, otros advierten que el tiempo para estudiarlo se agota.
Un cometa con firma química nunca vista
Las observaciones más detalladas de 3I/ATLAS provienen del James Webb Space Telescope, que el 6 de agosto detectó en el objeto una mezcla de agua, monóxido de carbono y una inesperada concentración de dióxido de carbono. SPHEREx, el nuevo observatorio de espectros infrarrojos de la NASA, confirmó días después una enorme nube de CO₂ de más de 348.000 kilómetros de ancho envolviendo el objeto.
Este halo gaseoso se genera por una pérdida continua de 70 kilos de CO₂ por segundo, mientras que la pérdida de agua es prácticamente inexistente. Esta relación tan inusual no se ha observado en ningún otro cometa del sistema solar, y sugiere que el núcleo de 3I/ATLAS es químicamente muy diferente a los objetos formados alrededor del Sol.
“Lo más probable es que la luz que vemos provenga del núcleo mismo,” escribió el astrofísico Avi Loeb. Según su análisis espectral, la composición del objeto se parece más a un antiguo cometa del Cinturón de Kuiper, envejecido por miles de millones de años en el espacio interestelar.
Polémicas hipótesis sobre su origen
Aunque la mayoría de astrónomos lo consideran un cometa natural expulsado de otro sistema solar, el profesor Avi Loeb, de la Universidad de Harvard, ha propuesto en paralelo una hipótesis provocadora: 3I/ATLAS podría no ser un objeto natural. En un artículo preliminar, Loeb plantea que el objeto podría tener origen tecnológico, aunque aclara que su propuesta es «más pedagógica que afirmativa».
En declaraciones a CBS Boston, Loeb enfatizó que la trayectoria de 3I/ATLAS es tan inusual que pasa extrañamente cerca de Venus, Marte y Júpiter, algo con una probabilidad inferior al 0,005 %. Esto, junto con su composición atípica, lo ha llevado a invocar la teoría del “Bosque Oscuro”: la idea de que civilizaciones alienígenas podrían evitar activamente ser detectadas.
La comunidad científica, sin embargo, rechaza mayoritariamente esta interpretación. Astrónomos como Samantha Lawler subrayan que “todos los datos apuntan a un cometa ordinario que ha viajado desde otra estrella”, y que no existe evidencia creíble de una manufactura artificial.
Una carrera contra el tiempo
El tiempo apremia para los investigadores: 3I/ATLAS se volverá imposible de observar desde la Tierra entre octubre y noviembre de 2025, cuando se ubique del otro lado del Sol. Su perihelio (punto más cercano al Sol) ocurrirá el 29 de octubre, a 1,36 unidades astronómicas, y tras esa fecha se alejará para no regresar jamás.
Actualmente, el objeto mantiene una distancia segura de 170 millones de millas de la Tierra, y su núcleo —según datos del telescopio Hubble— probablemente no supera el kilómetro de diámetro. La mayoría del brillo visible proviene de su gigantesca coma, no de luz reflejada por el núcleo.
Este comportamiento complica aún más su clasificación. ¿Es un cometa fragmentado? ¿Un objeto transneptuniano erosionado? ¿Una anomalía sin precedentes? Las próximas semanas serán cruciales para obtener más datos antes de que desaparezca de nuestro alcance.
Cuando el espacio exterior no se comporta
La visita de 3I/ATLAS nos recuerda una lección fundamental: el universo todavía guarda sorpresas químicas, orbitales y filosóficas. En un contexto donde los cometas interestelares eran considerados improbables, ya hemos detectado tres en menos de una década.
A diferencia de 1I/‘Oumuamua, cuya forma y aceleración causaron revuelo, o 2I/Borisov, que se parecía a un cometa tradicional, 3I/ATLAS fusiona la extrañeza química con un comportamiento aparentemente benigno pero inquietante. Y lo hace en un momento donde las capacidades observacionales —Webb, SPHEREx, Hubble— permiten desmenuzar cada espectro, cada rastro de gas.
La duda sobre si estamos solos en el universo no necesita señales de radio o mensajes cifrados. A veces, una nube de CO₂ de cientos de miles de kilómetros, flotando entre mundos, es suficiente para desafiar lo que creíamos saber. Porque puede que el espacio no nos esté gritando, pero definitivamente nos está hablando. Y nosotros apenas comenzamos a entender su idioma.
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