Bancarrota biológica: por qué el 99% de la población ya tiene tóxicos PFAS en el cuerpo

Alberto Noriega     29 enero 2026     4 min.
Bancarrota biológica: por qué el 99% de la población ya tiene tóxicos PFAS en el cuerpo

Los PFAS o «químicos eternos» contaminan el agua y el aire a nivel global, vinculándose con cáncer, obesidad y problemas de fertilidad en humanos.

Los PFAS (sustancias per- y polifluoroalquiladas) son compuestos sintéticos conocidos como «químicos eternos» debido a su extrema resistencia a la degradación térmica y química. Utilizados comercialmente desde los años 50 en productos como sartenes antiadherentes, cosméticos, envases de comida y espumas contra incendios, estos químicos poseen una estructura de carbono y flúor casi indestructible. Según el CompTox de la EPA, existen más de 15.000 variantes de PFAS. Su capacidad para acumularse en el medio ambiente y en los organismos vivos ha provocado una crisis de salud pública que hoy, en 2026, sitúa a gigantes como 3M y DuPont en el centro de masivos litigios por haber ocultado sus riesgos durante décadas.

Amenazas a la salud y rutas de exposición

La exposición a los PFAS se ha vinculado con una lista alarmante de problemas de salud: cáncer, obesidad, interferencia hormonal, disminución de la fertilidad y retrasos en el desarrollo infantil. Estos compuestos actúan alterando el metabolismo de los lípidos y los aminoácidos, llegando incluso a bioacumularse en el microbioma intestinal humano. Estudios en Estados Unidos, Australia y Europa confirman que la mayoría de las personas tienen niveles detectables de PFAS en la sangre; incluso se han hallado en la leche materna y se transmiten vía placentaria.

Las principales rutas de entrada al cuerpo humano son:

  • Agua potable: Identificada como la fuente mayoritaria de contaminación a nivel mundial, presente incluso en el agua de lluvia.

  • Alimentación: Especialmente a través del pescado y mariscos que acumulan PFAS en sus tejidos, así como comida envuelta en envases tratados.

  • Inhalación: A través de partículas en el aire en zonas cercanas a plantas de producción.

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El cerco regulatorio mundial

A partir de 2024 y 2025, la presión legal ha forzado cambios drásticos en la normativa internacional:

  • Estados Unidos: La EPA ha designado al PFOA y PFOS como sustancias peligrosas bajo el programa Superfund y ha establecido límites máximos de contaminantes en el agua potable.

  • Europa: PFOA y PFOS están prohibidos o restringidos desde 2020. Además, el nuevo Reglamento de Envases (PPWR) limitará los PFAS en envases alimentarios a un máximo de 50 ppm a partir de agosto de 2026.

  • Australia y Nueva Zelanda: Han prohibido la importación y fabricación de las variantes más tóxicas (PFOA, PFOS y PFHxS) desde julio de 2025.

A pesar de estos avances, aún no existe un consenso global sobre los niveles de seguridad «tolerables», y el debate se centra ahora en si los PFAS poliméricos (considerados inicialmente de bajo riesgo) también deben regularse, dado que pueden degradarse en variantes más peligrosas con el tiempo.

Soluciones tecnológicas para la limpieza

La ciencia enfrenta ahora el reto de detectar y eliminar estas moléculas del entorno. La EPA propone métodos avanzados como la espectrometría de masas para rastrear PFAS en aguas residuales, suelos y tejidos de peces. Para su eliminación del agua, se barajan dos estrategias principales. Métodos no destructivos como la filtración por membrana o la adsorción con carbón activado granular, que separan los químicos del agua pero mantienen su estructura. Y técnicas destructivas que buscan romper los enlaces de carbono-flúor mediante temperaturas extremas, estrés oxidativo o cambios drásticos de pH.

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La lucha contra los químicos eternos en 2026 es una carrera contra el tiempo y la persistencia química. Mientras las tecnologías de remediación avanzan, la prioridad global se desplaza hacia la prevención: eliminar estas sustancias de la cadena de suministro antes de que lleguen a nuestro plato o a nuestros pulmones.

El desafío de los PFAS trasciende lo puramente ambiental para convertirse en un factor de desigualdad socioeconómica. Las investigaciones actuales demuestran que las poblaciones con menos recursos son las más expuestas, ya que suelen depender de alimentos ultraprocesados con envases económicos cargados de químicos y residen en zonas cercanas a polígonos industriales donde la contaminación del agua es más severa. En 2026, la gestión de los «químicos eternos» ya no es solo un reto técnico para las depuradoras, sino una prioridad de justicia social; mientras los países desarrollados implementan filtros de última generación, millones de personas siguen atrapadas en un ciclo de exposición invisible que condicionará la salud de las próximas generaciones.

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