Bancarrota hídrica: 50 de las 100 mayores urbes del planeta están en riesgo extremo de sequía.

Alberto Noriega     26 enero 2026     6 min.
Bancarrota hídrica: 50 de las 100 mayores urbes del planeta están en riesgo extremo de sequía.

Un nuevo atlas de seguridad hídrica revela que 50 de las 100 mayores ciudades del mundo sufren estrés hídrico alto, con 38 en riesgo extremo.

La mitad de las 100 ciudades más grandes del mundo experimentan actualmente niveles elevados de estrés hídrico, con 38 de ellas situadas en regiones de «estrés hídrico extremadamente alto», según un nuevo análisis cartográfico publicado este jueves. Este fenómeno implica que la extracción de agua para el suministro público e industrial está peligrosamente cerca de superar las reservas disponibles, una crisis alimentada por la gestión deficiente de los recursos y agravada por el colapso climático. Ciudades globales como Beijing, Nueva York, Los Ángeles, Río de Janeiro y Delhi se encuentran entre las más afectadas, enfrentando una vulnerabilidad que amenaza su viabilidad a largo plazo. El estudio, que utiliza datos satelitales de la NASA y mapeos de cuencas compartidas, alerta de que el crecimiento urbano acelerado está ocurriendo precisamente en las zonas que más rápido se están secando.

El avance del silencio hídrico

Los datos recopilados por el University College London muestran una tendencia alarmante: aproximadamente 1.100 millones de personas viven en áreas metropolitanas que sufren una desecación severa a largo plazo. Mientras ciudades como Chennai, Teherán y Zhengzhou muestran trayectorias de sequía crítica, solo unas pocas urbes, principalmente en el África subsahariana y casos aislados como Tokio o Santo Domingo, registran tendencias de mayor humedad. Esta disparidad geográfica sitúa a la mayor parte de los centros urbanos de Asia, especialmente en el norte de la India y Pakistán, en la primera línea de una crisis de supervivencia hídrica que ya no es teórica, sino operativa.

Teherán, que atraviesa su sexto año consecutivo de sequía, se encuentra peligrosamente cerca del «día cero», el punto en el que no habrá agua disponible para sus ciudadanos. La gravedad de la situación ha llevado al presidente de Irán a sugerir que la capital podría tener que ser evacuada si la tendencia persiste. Este escenario de bancarrota hídrica, término acuñado recientemente por la ONU, no es exclusivo de Oriente Medio; ciudades como Ciudad del Cabo ya han rozado este abismo. El seguimiento de las reservas totales de agua desde el espacio mediante el proyecto GRACE de la NASA funciona ahora como un sistema de alerta temprana para una inseguridad emergente que los modelos de gestión tradicionales no supieron prever.

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Una gestión en quiebra

El pasado martes, las Naciones Unidas declararon que el mundo ha entrado en un estado de bancarrota hídrica, donde el deterioro de algunos recursos es permanente e irreversible. Según el profesor Kaveh Madani, de la Universidad de las Naciones Unidas, el cambio climático actúa como una «recesión» que se suma a una «mala gestión empresarial» de los recursos. El Grupo del Banco Mundial respalda esta alarma, señalando que el planeta pierde anualmente 324.000 millones de metros cúbicos de agua dulce, una cantidad suficiente para cubrir las necesidades de toda la población de Indonesia. Esta pérdida masiva afecta a las principales cuencas fluviales de todos los continentes, reduciendo las reservas estratégicas que deberían sostener el crecimiento futuro.

Incluso naciones tradicionalmente húmedas como Inglaterra enfrentan desafíos estructurales; para 2055, el país necesitará encontrar 5.000 millones de litros adicionales al día solo para el suministro público, lo que representa un tercio de su consumo actual. Aunque los recursos ocultos de agua subterránea ofrecen cierta resiliencia frente al clima, los expertos advierten de que sin un monitoreo sostenido y una mejor gobernanza, el Reino Unido corre el riesgo de gestionar estos recursos a ciegas bajo la presión del desarrollo y el cambio climático. Las recientes interrupciones en el suministro en el sur de Inglaterra, aunque atribuidas a tormentas, han revelado fallos sistémicos en la seguridad de la infraestructura existente.

Hacia una ingeniería de supervivencia

Para enfrentar este colapso, el gobierno británico ha publicado un libro blanco sobre el agua que propone una reforma integral del sistema, incluyendo la creación de un ingeniero jefe del agua y «controles de mantenimiento» obligatorios para la infraestructura hídrica. La estrategia busca dotar de nuevos poderes a los reguladores para asegurar que las empresas gestionen el recurso como un activo vital y no solo como un negocio de flujo. Sin embargo, el reto global es inmenso: la pérdida de agua dulce en las cuencas fluviales se está volviendo estructural, obligando a las ciudades a replantearse su arquitectura y su crecimiento en función de la disponibilidad real de cada gota.

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La transparencia de datos a través de atlas de seguridad hídrica interactivos permite ahora a los ciudadanos y legisladores ver la realidad del estrés hídrico en tiempo real. La solución ya no pasa únicamente por construir más presas o plantas desalinizadoras, sino por una reducción drástica del desperdicio y una protección feroz de los acuíferos subterráneos. En 2026, la seguridad hídrica se ha convertido en el principal indicador de estabilidad geopolítica; una ciudad que no puede garantizar el agua a sus habitantes es una ciudad con fecha de caducidad. El mapa de la «bancarrota» está dibujado, y la capacidad de las urbes para adaptarse determinará si logran evitar la evacuación o el colapso social.

El costo del flujo invisible

El hecho de que Nueva York o Londres compartan ahora preocupaciones de estrés hídrico con Delhi o Los Ángeles demuestra que la crisis del agua ha dejado de ser un problema del «mundo en desarrollo» para convertirse en una falla del sistema urbano global. Durante décadas, hemos diseñado ciudades bajo la ilusión de un suministro infinito y barato, ocultando la infraestructura y el origen del recurso bajo el asfalto. Hoy, la bancarrota hídrica nos obliga a mirar hacia abajo, a los acuíferos que estamos agotando en silencio, y hacia arriba, a satélites que nos dicen que el suelo que pisamos se está secando a un ritmo anual equivalente al consumo de naciones enteras.

En el futuro cercano, el valor de una propiedad o la viabilidad de una inversión industrial no dependerán de la conectividad digital o del transporte, sino de la resiliencia de su cuenca hídrica. Las ciudades que sobrevivan al siglo XXI serán aquellas que logren «cerrar el ciclo» del agua, tratando cada gota como un activo circular y no como un desecho. La evacuación de una capital por falta de agua, como se teme en Teherán, sería el primer gran fracaso de la ingeniería moderna ante el cambio climático. Estamos a tiempo de cambiar la gestión, pero el margen de maniobra se agota al mismo ritmo que nuestros embalses.

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