El calor extremo mató a más personas que nunca en 2025 ¿estamos a salvo?
El informe 2025 de World Weather Attribution revela que las olas de calor superaron a inundaciones e incendios en mortalidad climática global.
El calor extremo se consolidó en 2025 como el desastre climático más mortífero del planeta, superando en víctimas mortales a las inundaciones, tormentas e incendios forestales combinados. Según el informe anual de la red World Weather Attribution, se documentaron 157 eventos extremos, destacando 49 olas de calor que afectaron con especial crudeza a las poblaciones más vulnerables. Por primera vez en la historia moderna, el promedio de temperatura global de tres años superó el umbral crítico de 1.5 grados Celsius fijado en el Acuerdo de París, un hito alarmante que ocurrió incluso bajo la influencia de «La Niña». Este escenario evidencia que la dependencia de los combustibles fósiles ha alterado los patrones meteorológicos de forma irreversible, transformando el verano en una amenaza constante para la salud pública internacional.
La masacre silenciosa en Europa
Durante el periodo estival de 2025, el Viejo Continente enfrentó una crisis sanitaria sin precedentes con un saldo estimado de 24.400 fallecimientos relacionados con las altas temperaturas. Investigaciones conjuntas del Imperial College London y la London School of Hygiene & Tropical Medicine señalan que el cambio climático antropogénico fue responsable de casi el 68% de estas muertes, al elevar los termómetros hasta 3,6 grados Celsius por encima de los valores naturales. Ciudades icónicas como Roma, que registró 835 muertes adicionales, Atenas con 630 y París con 409, se convirtieron en trampas térmicas donde el asfalto y la falta de infraestructuras de enfriamiento castigaron principalmente a los mayores de 65 años.
La letalidad de este fenómeno radica en su carácter «invisible», ya que no genera las imágenes de destrucción inmediata de un huracán, pero colapsa los sistemas cardiovasculares y renales de forma masiva. Los expertos subrayan que casi la totalidad de estas muertes podrían haberse evitado con planes de urbanismo térmico y sistemas de alerta temprana más eficaces. Sin embargo, la persistencia de las emisiones de gases de efecto invernadero ha hecho que eventos que antes ocurrían una vez cada siglo sean ahora una realidad recurrente cada verano, forzando a las capitales europeas a replantearse su habitabilidad frente a un sol cada vez más hostil.
Infancias bajo el sol africano
La desigualdad climática mostró su rostro más amargo en Sudán del Sur, donde una ola de calor extrema en febrero obligó al cierre total de las escuelas tras el colapso de decenas de niños por insolación. En la capital, Juba, las temperaturas se intensificaron 2 grados Celsius respecto a la media histórica, un fenómeno cuya probabilidad de ocurrencia se multiplicó por diez debido al calentamiento global. Con solo un 1% de superficie de sombra y zonas verdes, y un tercio de la población sin acceso regular a agua potable, la capacidad de adaptación en esta región es prácticamente inexistente, dejando a los menores en una situación de vulnerabilidad extrema.
Esta brecha de adaptación pone de relieve que el calor no afecta a todos por igual, cebándose en comunidades donde la falta de servicios básicos impide cualquier defensa contra la radiación térmica. Mientras que en el norte global el debate gira en torno al aire acondicionado, en el sur global el desafío es la supervivencia biológica básica. El informe de 2025 destaca que estas condiciones extremas están empujando a millones de personas hacia los límites físicos de la vida humana, donde ni siquiera los esfuerzos locales de preparación pueden mitigar las pérdidas humanas ante un clima que ha perdido su equilibrio natural.
Huracanes de potencia inédita
El año 2025 no solo fue el año del calor, sino también el de la intensificación violenta de los sistemas ciclónicos, personificada en el huracán Melissa. Esta tormenta pasó a la historia como el primer huracán de categoría 5 en tocar tierra en Jamaica, impulsado por unas temperaturas oceánicas inusualmente altas que alimentaron sus vientos. El cambio climático incrementó la velocidad máxima de sus ráfagas en un 7% y las precipitaciones asociadas en un 16%, lo que resultó en una devastación que la Cruz Roja local calificó de escala nunca antes vista, dejando 28 fallecidos en la isla y otros 31 en Haití.
La ciencia climática ha confirmado que las condiciones atmosféricas para que se gesten monstruos como Melissa son ahora seis veces más probables que en la era preindustrial. En Asia, la situación no fue distinta: una cadena de tormentas extremas segó la vida de más de 1.700 personas, con lluvias cuya intensidad fue directamente vinculada por los científicos al calentamiento inducido por el hombre. Estos datos demuestran que el exceso de energía atrapado en la atmósfera no solo calienta el aire, sino que potencia el ciclo hidrológico, convirtiendo cada grado de calentamiento en una carga explosiva para futuros desastres naturales.
Mujeres en la primera línea
El impacto de las olas de calor de 2025 ha tenido un marcado componente de género, afectando desproporcionadamente a las mujeres en economías en desarrollo. Al estar empleadas mayoritariamente en trabajos informales expuestos al exterior, como la agricultura de subsistencia y la venta ambulante, su exposición al calor es sostenida y peligrosa. A esto se suma la carga del trabajo de cuidado no remunerado, que a menudo se realiza en hogares con mala ventilación, aumentando el riesgo de padecer daños cardiovasculares y agotamiento crónico que merman su salud a largo plazo de forma silenciosa.
Friederike Otto, cofundadora de World Weather Attribution, ha sido tajante al señalar que los riesgos climáticos han dejado de ser hipótesis para convertirse en una «realidad brutal». La insistencia de los líderes globales en mantener la dependencia de los combustibles fósiles está traduciéndose directamente en pérdidas económicas de miles de millones de dólares y vidas humanas. 2025 ha demostrado que incluso las regiones con altos niveles de preparación están llegando al techo de lo que pueden soportar, lo que exige una acción política inmediata para detener la quema de carbón, petróleo y gas antes de que los daños sean irreversibles para la civilización.
El veredicto del termómetro
La crisis climática de 2025 nos ha dejado una lección fundamental: el límite de seguridad de 1.5°C no era una cifra arbitraria, sino una frontera física cuya transgresión tiene consecuencias letales inmediatas. La muerte de miles de ciudadanos en entornos urbanos modernos y el colapso de infraestructuras en el mundo en desarrollo indican que nuestra arquitectura social y económica no está diseñada para el planeta que hemos creado. Estamos ante una emergencia donde la adaptación ya no es suficiente; cada décima de grado que evitemos en el futuro se traducirá en miles de vidas salvadas, convirtiendo la descarbonización en el imperativo moral más urgente de nuestra época.
Mirando hacia el futuro, la resiliencia urbana deberá pasar por una transformación radical que priorice el derecho a la sombra, el agua y el aire respirable sobre la expansión del hormigón. El año que acabamos de cerrar debe ser recordado como el punto de inflexión donde comprendimos que el calor extremo no es una anomalía, sino el nuevo verdugo de una humanidad que se resiste a abandonar los hábitos que la están asfixiando. La tecnología y el ingenio humano tienen la capacidad de revertir esta tendencia, pero solo si somos capaces de enfrentar la realidad científica con la misma contundencia con la que el clima nos está golpeando. La pregunta para 2026 no es si hará calor, sino cuántas vidas estamos dispuestos a perder antes de cambiar el rumbo de nuestra historia energética.
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