El club de los ricos se descarboniza, el resto se adapta: los riesgos de una transición climática a dos velocidades
Análisis de la transición energética en 2026: fragmentación global por políticas divergentes, desigualdad de capital y barreras burocráticas.
La transición energética global ha dejado de ser una marcha unificada hacia el ‘net zero’ para convertirse en una carrera fragmentada definida por fronteras nacionales, flujos de capital desiguales y políticas divergentes. En 2026, el desafío ya no es la falta de tecnología o ambición, sino la coordinación a través de mercados e instituciones que nunca fueron diseñados para moverse a la misma velocidad. Mientras un productor de acero alemán lidia con los primeros informes del Mecanismo de Ajuste en Frontera por Carbono (CBAM) y un gestor en Houston navega la incertidumbre fiscal de la era Trump, un ingeniero en Lagos depende de garantías multilaterales lejanas para viabilizar una microred solar. Esta realidad fracturada, mapeada por recientes informes del Foro Económico Mundial, revela un riesgo sistémico: no que la descarbonización se detenga, sino que se acelere de manera tan desigual que encierre nuevas formas de desigualdad bajo la bandera de la acción climática.
Las fallas tectónicas de la política
En Europa, la transición ha pasado de la persuasión a la imposición. El CBAM ya no es teoría, sino una realidad operativa que pone precio al carbono importado en acero, cemento y electricidad. Aunque diseñado para evitar la «fuga de carbono», en la práctica actúa como una barrera administrativa formidable para productores de países en desarrollo que, siendo bajos en carbono, carecen de los recursos para certificarlo. China, por su parte, opera con una lógica de política industrial masiva: solo en la primera mitad de 2025 añadió 290 GW de capacidad solar y eólica —el equivalente a toda la base energética de Alemania— y exporta este modelo pragmático a través de la Iniciativa de la Franja y la Ruta.
Estados Unidos sigue siendo la contradicción más productiva del mundo. A pesar de que la administración Trump ha frenado la implementación de la Ley de Reducción de la Inflación (IRA) y complicado los créditos fiscales para el hidrógeno, el capital privado sigue fluyendo: las corporaciones contrataron más de 20 GW de energía renovable en 2025 impulsadas por la inercia del mercado, no por la coordinación estatal. Mientras tanto, en el Sur Global, la transición no es un lujo ideológico sino una cuestión de supervivencia y soberanía: Kenia blinda su red con geotermia y Nigeria salta etapas tecnológicas con microredes solares que garantizan fiabilidad frente al colapso de las infraestructuras fósiles.
Costes ocultos y barreras invisibles
La divergencia más peligrosa no es política, sino financiera. El riesgo no es neutral; está moldeado por la exposición cambiaria y la credibilidad institucional. La energía limpia florece en zonas de crédito fuerte y se estanca donde el capital es caro, atrincherando la desigualdad. Un reciclador de acero en Kenia, con emisiones la mitad del promedio global, puede quedar fuera del mercado europeo simplemente por no poder costear los auditores acreditados que exige Bruselas. Esto plantea una pregunta incómoda: ¿cuándo la política climática deja de ser ambiental para convertirse en proteccionismo burocrático?.
Para reintegrar este mapa roto, se necesitan soluciones que eliminen el riesgo del sistema, no solo del proyecto. Iniciativas como el programa de escalado solar de Zambia o el mercado verde a término de India demuestran que estandarizar contratos y ofrecer garantías co-invertidas puede desbloquear capital global a tarifas locales competitivas.
¿Quién define las reglas?
El resultado de esta transición no se decidirá en cumbres climáticas, sino en la letra pequeña de contratos, estructuras de financiación y estándares técnicos. Si la descarbonización sigue acelerándose de forma desigual, la energía limpia será barata y segura para unos pocos, y escasa y cara para el resto. La Estrategia de Minerales Verdes de la Unión Africana, que vincula el acceso a recursos críticos con el procesamiento local, muestra un camino hacia un reequilibrio de poder. El futuro dependerá de si estas decisiones invisibles sirven para cerrar brechas o para construir nuevos muros verdes.
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