¿El fin de las costas? El océano oculto bajo la Antártida revela su secreto más temido.
Investigadores de Nueva Zelanda revelan datos críticos de un océano oculto bajo la Antártida que actúa como escudo contra el aumento del nivel del mar.
Un equipo de investigadores neozelandeses ha publicado el primer registro continuo a largo plazo de los procesos oceánicos bajo el centro de la barrera de hielo de Ross, en la Antártida. El estudio, difundido este miércoles en la revista JGR Oceans, revela cómo un vasto océano oculto interactúa con la plataforma de hielo flotante más grande del continente y las graves implicaciones que esto tiene para el nivel del mar global. Los datos provienen de sensores desplegados en 2017 a través de una perforación de agua caliente a 320 metros de profundidad, los cuales transmitieron mediciones de temperatura, corrientes y salinidad vía satélite hasta 2022. Este hallazgo en uno de los entornos más remotos de la Tierra permite comprender por fin la dinámica de una masa de agua que se comporta como el muro de contención definitivo contra el colapso del hielo terrestre.
Ritmos en la oscuridad total
La investigación, liderada por Craig Stevens y Christina Hulbe, demostró que las propiedades del agua varían de forma sistemática a lo largo del año, incluso en una cavidad sin luz solar a cientos de kilómetros del mar abierto. Los científicos descubrieron una estratificación persistente del agua que se ha mantenido intacta desde 1978, actuando como una barrera protectora. Esta capa de agua aislante evita que las corrientes profundas más cálidas entren en contacto directo con la parte inferior de la plataforma de hielo, lo que frena un deshielo que de otro modo sería catastrófico. Sin embargo, cualquier pequeño cambio en la temperatura o salinidad de estas capas podría romper este delicado equilibrio térmico y acelerar la degradación del hielo.
El estudio también documentó una conexión directa entre esta cavidad central y la polinia del Mar de Ross, una zona libre de hielo situada a cientos de kilómetros donde se forma agua de alta salinidad. Los investigadores subrayan que, en un entorno tan protegido de los vientos y el aire frío, incluso variaciones sutiles en las corrientes pueden tener consecuencias masivas para la estabilidad de la plataforma. Este océano oculto, que posee un volumen equivalente al doble del Mar del Norte, representa lo que los expertos denominan el «talón de Aquiles» de la capa de hielo antártica, ya que su vulnerabilidad ante aguas más cálidas es la mayor amenaza para las comunidades costeras de todo el mundo.
El escudo de treinta millones
Las barreras de hielo como la de Ross funcionan como contrafuertes que sostienen los aproximadamente 30 millones de kilómetros cúbicos de hielo terrestre de la Antártida. Si el agua cálida logra penetrar con mayor fuerza bajo la plataforma, el deshielo resultante liberaría cantidades ingentes de hielo hacia el océano, elevando los niveles del mar de forma irreversible. Investigaciones previas ya indican que el transporte de calor hacia esta cavidad ha aumentado en las últimas cuatro décadas, y un estudio de 2024 confirmó que las intrusiones de agua superficial impulsadas por el viento están intensificándose, provocando tasas de derretimiento de varios metros por año en el frente de la barrera.
Aunque la barrera de hielo de Ross se considera una de las zonas más frías y resguardadas, el equipo de Stevens advierte que la ruptura de su balance de calor acelerará inevitablemente el aumento del nivel del mar. Estos impactos se desarrollarán a lo largo de décadas y siglos, alterando las propiedades físicas de los océanos a nivel global y transformando los ecosistemas marinos por completo. La estabilidad de este gigante de hielo, que tiene espesores de entre 300 y 700 metros, es lo único que separa al mundo de una reconfiguración radical de las líneas costeras internacionales, lo que otorga a estos datos una importancia geopolítica y climática de primer orden.
Un gigante en equilibrio
La revelación de este océano «invisible» nos enfrenta a la fragilidad de los sistemas que mantienen nuestro mundo tal como lo conocemos. No se trata solo de agua fría bajo el hielo; es una maquinaria climática de una precisión asombrosa que ha funcionado como un refrigerador planetario durante milenios. El hecho de que hayamos detectado cambios sistemáticos en un lugar tan inaccesible es la prueba definitiva de que el calentamiento global no respeta fronteras físicas ni profundidades abisales. Estamos observando, en tiempo real, cómo se desgasta el seguro de vida de nuestras ciudades costeras.
Hacia el futuro, el desafío científico será predecir cuándo la estratificación detectada en 1978 dejará de ser suficiente para contener el calor oceánico. La Antártida ya no es un continente estático y lejano, sino un actor dinámico cuya «salud» submarina determinará el destino de millones de personas en los próximos cien años. La paradoja es inquietante: nuestro futuro depende de un lugar que nunca veremos, de una oscuridad gélida donde el sutil cambio de un grado de temperatura puede redibujar la geografía de la civilización humana. El talón de Aquiles ha sido localizado, y ahora la pregunta es cuánto tiempo más podrá resistir la presión del océano que lo rodea.
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