De Etiopía a Tailandia: 39 países ya venden más del 10% de eléctricos y desafían el dominio de Europa y EE. UU.
El boom de los coches eléctricos se expande al Sur Global: 39 países superan el 10% de ventas gracias a modelos chinos baratos y marcas locales.
Durante décadas, la lucha contra el cambio climático se centró casi exclusivamente en limpiar el sector eléctrico, reemplazando carbón por gas o renovables. Ahora, las señales tempranas sugieren que el transporte está al borde de lograr victorias similares a escala global, y lo está haciendo en lugares inesperados. Un informe reciente del think tank climático Ember revela que la carrera de los vehículos eléctricos (EV) ha dejado de ser un asunto exclusivo de ricos occidentales para convertirse en un fenómeno mundial: 39 países ya tienen una cuota de ventas de vehículos eléctricos superior al 10%, un salto espectacular desde los solo cuatro países (todos europeos) que alcanzaban esa cifra en 2019. Naciones como Singapur, Tailandia y Vietnam han superado a la Unión Europea en la adopción de esta tecnología, mientras que India, México y Brasil han dejado atrás a Japón, demostrando que el Sur Global está «saltando» (leapfrogging) etapas de desarrollo contaminante para abrazar directamente la movilidad eléctrica.
El motor chino y el precio como palanca
El catalizador de este cambio no ha sido una súbita conciencia ambiental, sino la economía pura y dura impulsada por la innovación asiática. «En los países en desarrollo, esto se debe en gran medida a la llegada reciente de modelos mucho más baratos procedentes de China», explica Robbie Andrew, científico del centro de investigación Cicero en Oslo. Las compañías chinas como BYD han innovado a una velocidad extraordinaria, democratizando el acceso a la tecnología. De hecho, la mitad de los coches registrados en China el año pasado fueron eléctricos, y su industria exportadora ha encontrado un mercado hambriento fuera de la OCDE: tres de los diez mercados más valiosos para las exportaciones de EV chinos son ahora Brasil, Emiratos Árabes Unidos e Indonesia.
Esta dinámica ha roto la barrera de entrada que tradicionalmente frenaba a los países de ingresos medios. En lugares como Tailandia o Turquía, la caída de precios y los subsidios han llevado el coste de los eléctricos a la paridad con los vehículos de gasolina. Cuando el precio de compra se iguala, la decisión del consumidor se vuelve racional y sencilla: «La gente compra los coches porque son simplemente mejores y cuestan menos de mantener», señala Andrew. Esto desactiva el argumento de que los EV son juguetes para élites, transformándolos en la opción lógica para una clase media emergente que busca eficiencia y ahorro operativo a largo plazo.
Políticas radicales en lugares inesperados
La adopción no solo viene impulsada por el mercado, sino por decisiones políticas audaces en naciones que Occidente rara vez asocia con liderazgo climático. Etiopía se convirtió en 2024 en la primera nación del mundo en prohibir oficialmente la importación de coches con motor de combustión, una medida drástica motivada tanto por la crisis climática como por la necesidad de reducir su factura de importación de combustibles fósiles. Nepal, un país marcado por bloqueos de suministro y escasez crónica de gasolina hace una década, también está acelerando su transición hacia la electricidad, aprovechando su abundante capacidad hidroeléctrica para garantizar soberanía energética en el transporte.
En Turquía, el cambio tiene un sabor nacionalista e industrial. La cuota de ventas de vehículos eléctricos puros (BEV) alcanzó el 17% el año pasado —igualando el promedio de la UE—, liderada no por Tesla o Volkswagen, sino por el fabricante nacional Togg. Esta marca local ha superado a Tesla como el principal proveedor del país, demostrando que los «campeones nacionales» pueden ser motores efectivos de descarbonización cuando cuentan con apoyo estatal y aceptación pública. Curiosamente, la elección de marca en Turquía se ha politizado de manera inversa a Occidente: mientras en EE. UU. Tesla sufre por la deriva política de Musk, en Estambul conducir un Togg puede verse como señal de lealtad gubernamental, mientras que un Tesla se asocia con una identidad secular y cosmopolita.
El cuello de botella de la infraestructura
Sin embargo, sostener este boom plantea desafíos logísticos formidables. La gran incógnita para los países en desarrollo es si podrán construir infraestructura de carga lo suficientemente rápido como para evitar la frustración masiva de los usuarios. Según la Agencia Internacional de la Energía, cerca de dos tercios del crecimiento en cargadores públicos desde 2020 ha ocurrido en China, que ahora posee el 65% del stock mundial de carga. El resto del mundo, y especialmente el Sur Global, va muy por detrás.
Si la red de carga no se expande al ritmo de las ventas, el entusiasmo inicial podría chocar contra un muro de realidad. En ciudades densas de India o el Sudeste Asiático, donde el aparcamiento privado es un lujo, la carga pública fiable es un requisito existencial para la movilidad eléctrica. Sin ella, el mercado podría estancarse una vez que se agote el segmento de «adoptadores tempranos» que disponen de garaje propio, limitando la penetración en el mercado masivo.
Una transición irreversible
A pesar de los riesgos, la tendencia parece estructural. William Lamb, del Instituto Potsdam para la Investigación del Impacto Climático, reconoce que «hace cinco años podrías haber pensado que el transporte iba a ser realmente un cuello de botella para el progreso climático, pero ahora con la adopción a gran escala, parece un poco más fácil». La combinación de innovación tecnológica, economías de escala y políticas de seguridad energética está creando un círculo virtuoso que difícilmente se revertirá.
Lo que estamos presenciando es el desacoplamiento del crecimiento del transporte respecto a las emisiones de carbono, no solo en el mundo rico, sino globalmente. Si países como Brasil, India e Indonesia logran consolidar esta transición, habrán evitado décadas de dependencia del petróleo y contaminación urbana, saltando directamente a un modelo más limpio y eficiente. La vieja narrativa de que «los pobres quemarán gasolina mientras los ricos conducen Teslas» está siendo desmentida por la realidad de un BYD barato en las calles de São Paulo o un Togg en Ankara. El motor de combustión, símbolo del siglo XX, está perdiendo la batalla no solo en California o Noruega, sino donde realmente importa para el futuro del planeta: en los mercados emergentes donde vivirán la mayoría de los conductores del siglo XXI.
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