Guerra verde en la aduana: Bruselas activa el impuesto al carbono que hace temblar a China y EE. UU.

Alberto Noriega     2 enero 2026     6 min.
Guerra verde en la aduana: Bruselas activa el impuesto al carbono que hace temblar a China y EE. UU.

La UE activa el CBAM: un arancel verde histórico sobre acero y cemento para frenar las emisiones globales y proteger la competitividad industrial.

La Unión Europea ha activado este jueves 1 de enero de 2026 una histórica reforma de sus reglas comerciales al poner en marcha el Mecanismo de Ajuste en Frontera por Carbono (CBAM), obligando a los importadores de bienes intensivos en emisiones a pagar por su huella de carbono. Esta medida, anunciada por la Comisión Europea desde Bruselas, busca evitar la competencia desleal de países con normativas ambientales laxas y fomentar la descarbonización industrial a nivel global. El nuevo marco legal afecta inicialmente a sectores críticos como el acero, el cemento, el aluminio, el hidrógeno y los fertilizantes, marcando el inicio de una era donde el coste climático será inseparable del coste comercial. La falta de acuerdos bilaterales, especialmente con el Reino Unido, augura un inicio de año marcado por la complejidad burocrática y tensiones en las cadenas de suministro internacionales.

Un muro contra la fuga de carbono

La entrada en vigor del CBAM representa el cambio más radical en las políticas comerciales de las últimas décadas, estableciendo que las empresas que exporten bienes con alto contenido de carbono a la UE deberán comprar certificados para cubrir sus emisiones. Este mecanismo está diseñado para eliminar la ventaja competitiva de regiones con estándares climáticos pobres, lo que los expertos denominan «fuga de carbono». Según Stéphane Séjourné, vicepresidente ejecutivo de la Comisión Europea, esta reforma es vital para que los productores industriales europeos no se vean disuadidos en sus esfuerzos de descarbonización frente a rivales extranjeros.

El impacto inicial se concentra en seis sectores clave: hierro, acero, aluminio, cemento, hidrógeno, electricidad y fertilizantes, sectores donde la diferencia de costes por normativas ambientales es más pronunciada. China, Estados Unidos y Australia han liderado las protestas internacionales, esperando hasta el último momento una relajación de las normas que finalmente no ha ocurrido. La determinación de Bruselas envía un mensaje claro: el acceso al mercado único europeo estará supeditado a la transparencia en el reporte de emisiones y al pago de un precio justo por la contaminación generada.

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Equilibrio en la competencia industrial

Uno de los efectos más inmediatos del CBAM será la pérdida de la ventaja de precio del acero chino, cuyo proceso de fabricación suele ser significativamente más intensivo en carbono que el europeo. Sin embargo, analistas advierten que esto podría provocar un excedente de productos pesados que podrían ser «vaciados» a precios bajos en mercados sin aranceles verdes, como el Reino Unido. Diana Casey, de la Asociación de Productos Minerales, destaca que las importaciones de cemento al Reino Unido se han triplicado en una década, pasando de un 10% a un 33% del mercado actual, lo que subraya la necesidad urgente de un campo de juego nivelado.

A pesar del apoyo de la industria comunitaria, existe una preocupación latente sobre el incremento de los precios internos debido a la retirada progresiva de los derechos de emisión gratuitos dentro del sistema ETS de la UE. Aunque Adrien Assous, director de Sandbag, sugiere que el impacto económico inicial será «leve» debido al volumen limitado de emisiones cubiertas en esta fase, la tendencia es irreversible. La industria europea deberá aprender a operar sin los subsidios implícitos de las asignaciones gratuitas, confiando en que el CBAM encarezca lo suficiente las importaciones externas para mantener su competitividad.

El dilema del Reino Unido

La situación para las empresas británicas es particularmente compleja debido a la ausencia de un acuerdo de vinculación entre los mercados de carbono de Londres y Bruselas. Aunque el Reino Unido ya regula sus emisiones, la falta de este pacto obliga a los exportadores británicos a enfrentarse a una montaña de trámites administrativos para evitar pagar dos veces. El Comisario de Clima de la UE, Wopke Hoekstra, ha intentado calmar los ánimos asegurando que el coste real para las empresas del Reino Unido será mínimo una vez que se logre la vinculación total de los sistemas de comercio de emisiones.

Un punto crítico de fricción es el sector energético, especialmente en lo que respecta a la exportación de electricidad renovable británica hacia la UE. Expertos del sector, como Adam Berman de Energy UK, consideran absurdo desincentivar la importación de electricidad limpia mediante aranceles de carbono, lo que podría comprometer los objetivos de descarbonización transfronterizos. Por su parte, el gobierno del Reino Unido espera sellar un acuerdo que exima a sus empresas de cargos por valor de 7.000 millones de libras, buscando que la inversión verde en suelo británico resulte en beneficios tangibles tanto locales como extranjeros.

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Hacia una expansión total en 2028

La Comisión Europea ya ha trazado la hoja de ruta para ampliar el alcance del CBAM a productos manufacturados más complejos a partir de 2028, incluyendo maquinaria y electrodomésticos. Esta medida busca cerrar las brechas que podrían aprovechar los fabricantes para relocalizar plantas de ensamblaje fuera de la zona euro y así eludir el pago por el carbono del acero o aluminio utilizado. Con esta expansión, la UE pretende asegurar que toda la cadena de valor, y no solo la materia prima, esté alineada con los objetivos de neutralidad climática.

En el horizonte cercano, el Reino Unido planea introducir su propio mecanismo de ajuste fronterizo el próximo año para proteger a sus productores locales de cemento y acero de la presión internacional. Esta convergencia regulatoria sugiere que el arancel al carbono se convertirá en un estándar global, forzando a las potencias exportadoras a invertir en tecnologías limpias para mantener su acceso a los mercados occidentales. La transición es dolorosa y burocrática, pero se presenta como la única vía para que el comercio internacional deje de ser un motor de degradación ambiental.

La diplomacia del gramo de CO2

La entrada en vigor del CBAM no es solo una medida comercial; es la primera vez que una potencia económica utiliza su poder de mercado para exportar políticas climáticas de manera coercitiva. Estamos asistiendo al nacimiento de una diplomacia climática donde la moneda de cambio ya no es solo el dólar o el euro, sino la intensidad de carbono por tonelada producida. Este movimiento rompe con el paradigma de que la sostenibilidad era una opción ética para las empresas; a partir de hoy, es una obligación contable y un requisito de solvencia competitiva en el mercado global.

El futuro del comercio internacional no se decidirá solo en tratados de libre comercio tradicionales, sino en la capacidad de los países para descarbonizar sus redes eléctricas y procesos térmicos. El riesgo de una fragmentación comercial es real, pero la alternativa —permitir que el dumping ambiental destruya la industria verde europea— sería un suicidio económico y ecológico. La verdadera victoria de este mecanismo no se medirá por la recaudación aduanera, sino por la rapidez con la que China, India o Brasil decidan que les resulta más barato ser limpios que pagar el peaje de Bruselas.

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