Mientras Trump desmantela la USAID, China conquista la transición verde: el cambio de guardia geopolítico
La retirada de EE.UU. de la ayuda climática y el Acuerdo de París acelera el desplazamiento y la pérdida cultural en comunidades vulnerables.
«La era del dominio estadounidense está terminando; la era de la supervivencia climática colectiva está aquí». Con esta sentencia, Emelie Y. Jimenez encapsula la nueva realidad geopolítica que emergió tras la COP30 en Belém, Brasil. Mientras delegados de casi todas las naciones se reunían para confrontar la aceleración del cambio climático con planes y alianzas, un actor clave brillaba por su ausencia: Estados Unidos. La decisión del presidente Donald Trump de retirar al país del Acuerdo de París en su primer día de mandato en 2024 fue solo el preludio de un repliegue mucho más profundo y dañino: el desmantelamiento sistemático de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID). Más del 80% de los programas de la agencia fueron terminados, eliminando miles de millones de dólares en proyectos de resiliencia climática y dejando en el limbo a socios locales en todo el mundo. Esta abdicación no es solo un movimiento político; es una sentencia que convierte la injusticia ambiental en desplazamiento forzado y pérdida cultural irreversible.
El patrón histórico de extracción y abandono
La retirada actual de la ayuda extranjera no es un evento aislado, sino el último capítulo de un patrón histórico de explotación. Durante décadas, corporaciones estadounidenses han exportado daño ambiental mucho antes de que la crisis climática acelerara el desplazamiento. El caso de Chevron en la Amazonía ecuatoriana es emblemático: piscinas de desechos sin revestimiento y subproductos tóxicos contaminaron ríos y aguas subterráneas vitales para comunidades indígenas, dejando un legado de destrucción ecológica y crisis de salud que persiste hoy.
Historias similares resuenan en el Caribe. En Jamaica, compañías mineras de bauxita —muchas de ellas estadounidenses— han extraído el mineral esencial para el aluminio a costa de deforestar y degradar sistemas hídricos. Cuando las reservas se agotan, la presión se desplaza hacia zonas ecológicamente sensibles como Cockpit Country, amenazando la supervivencia cultural de las comunidades Maroon. El mensaje implícito ha sido constante: las comunidades indígenas y rurales deben soportar el costo de la extracción para el beneficio del Norte Global. Ahora, el cambio climático actúa como un multiplicador de amenazas, intensificando tormentas y sequías sobre poblaciones que ya han sido despojadas de sus defensas naturales, forzándolas a un ciclo de migración que profundiza la desigualdad generacional.
Testigo del desplazamiento en tiempo real
Jimenez narra su experiencia directa como voluntaria del Cuerpo de Paz en Zambia, donde vio cómo familias enteras se veían obligadas a abandonar tierras agrícolas calcinadas por la sequía y el calor implacable. A medida que los cultivos fallaban y los pozos se secaban, las comunidades dejaban atrás no solo su sustento económico, sino la tierra que anclaba sus tradiciones, rituales y memoria colectiva. Este desplazamiento interno es lento y silencioso; no genera titulares internacionales como un huracán, pero erosiona la cultura de manera irreversible mucho antes de que el mundo se dé cuenta.
Esta migración climática no respeta fronteras. Cuando las familias son desarraigadas, los efectos dominó alcanzan las economías, los sistemas migratorios y la estabilidad geopolítica global. Por eso, apoyar la resiliencia en el extranjero no es caridad ni prestigio; es una necesidad pragmática para la propia seguridad a largo plazo de Estados Unidos. Sin embargo, al desmantelar la USAID, Washington ha eliminado uno de los motores más establecidos para construir esa resiliencia, dejando un vacío que otros actores están dispuestos a llenar, pero bajo sus propios términos.
China llena el vacío con tecnología y estrategia
Mientras Estados Unidos retrocede, China avanza con un plan de acción climática ambicioso y estratégico. Pekín se ha comprometido a reducir sus emisiones netas entre un 7% y un 10% para 2035, una medida impulsada tanto por intereses económicos como ambientales. China domina hoy la producción de paneles solares, cadenas de suministro de baterías, tecnología eólica y vehículos eléctricos. Sus inversiones están redibujando el mapa energético global, ofreciendo tecnología renovable más barata al Sur Global.
Sin embargo, el problema persiste: el acceso. Si las comunidades más vulnerables no pueden permitirse o desplegar esta tecnología, quedan atrapadas entre el estrés climático y la falta de apoyo, independientemente de quién domine el mercado. Aquí es donde Estados Unidos podría haber jugado un papel crucial, no como superpotencia colonizadora, sino como socio responsable capaz de financiar la implementación y adaptación local. Al renunciar a este rol, EE.UU. cede influencia y deja a sus antiguos aliados a merced de nuevas dependencias o del colapso total.
Participación, no poder
La elección que enfrenta Estados Unidos es binaria. Puede observar desde la barrera cómo la migración climática se acelera hasta llegar a sus propias fronteras, o puede unirse al esfuerzo colectivo para frenar las fuerzas que empujan a la gente de sus hogares. Reconstruir la ayuda climática no se trata de recuperar la hegemonía perdida, sino de preservar la estabilidad regional y la dignidad humana.
El momento demanda participación humilde, no juegos de poder. Si Estados Unidos no lidera, al menos debe no abandonar a quienes luchan por permanecer en su lugar. La migración climática no es un futuro distópico; es una realidad presente que reconfigura vidas cada día. La pregunta no es si Estados Unidos sentirá las consecuencias, sino si actuará antes de que sean irreversibles. En un mundo interconectado, la seguridad de una comunidad en Zambia o Ecuador está intrínsecamente ligada a la estabilidad de las naciones ricas. Ignorar esta verdad es una apuesta que nadie puede permitirse perder.
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