El superalimento invisible: por qué comeremos microalgas en el futuro
Las microalgas, organismos unicelulares con más de 1.000 millones de años, emergen como una solución clave para la alimentación sostenible y la captura de CO2.
Las microalgas son organismos unicelulares fotosintéticos tan diminutos que su tamaño se mide en micras (la milésima parte de un milímetro). Aparecieron en la Tierra hace más de mil millones de años y, aunque son imperceptibles al ojo humano, su impacto es colosal: son responsables de realizar aproximadamente el 50% de la fotosíntesis del planeta. Con más de 50.000 especies clasificadas, estos organismos tienen la capacidad única de crecer en casi cualquier entorno, desde aguas marinas y dulces hasta aguas residuales o condiciones extremas de salinidad y temperatura. Hoy, se han convertido en una pieza estratégica para afrontar los grandes desafíos del siglo XXI: el cambio climático, la escasez de agua potable y la desnutrición global.
Un pulmón y filtro microscópico
Uno de los beneficios más destacados de las microalgas es su papel como aliadas medioambientales. Según la Dra. Milagros Rico Santos, de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, estos organismos pueden capturar fotosintéticamente alrededor de 100 gigatoneladas de CO2 al año, convirtiéndolo en biomasa útil. Esta capacidad las sitúa en el centro de las estrategias de neutralidad de carbono, ya que no solo retiran gases de efecto invernadero de la atmósfera, sino que generan una materia prima renovable para producir biocombustibles (como biodiésel e hidrógeno) y bioplásticos.
Además de limpiar el aire, las microalgas son expertas en la biorremediación de aguas. Tienen un alto potencial para eliminar contaminantes de aguas residuales urbanas e industriales, lo que permite recuperar recursos hídricos en un contexto de escasez global. Al ser capaces de procesar efluentes y limpiar suelos contaminados, se presentan como una solución de bajo coste y alta eficiencia para mejorar la calidad del entorno en áreas metropolitanas.
El alimento del futuro en nuestro plato
Ante una población mundial en expansión, las fuentes convencionales de alimentos (agricultura y ganadería) empiezan a ser insuficientes. Las microalgas surgen como una fuente sostenible de proteínas de alta calidad, aminoácidos esenciales, omega-3 y vitaminas como la B12 o la D. Proyectos europeos como ProFuture ya investigan su inclusión en productos cotidianos como panes, cremas de verduras y bollería. Sin embargo, la transición enfrenta barreras sociales: sustituir apenas el 3% de la harina por espirulina puede dar al pan un color verde intenso y alterar su textura, lo que requiere que el consumidor se familiarice con estos nuevos ingredientes.
Lo que hace a las microalgas especialmente atractivas frente a los cultivos tradicionales es su sostenibilidad económica y operativa:
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Sin tierra cultivable: No compiten con el suelo destinado a la agricultura.
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Ahorro de recursos: No requieren grandes cantidades de agua dulce ni fertilizantes químicos.
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Producción continua: Se pueden cultivar en cualquier lugar del mundo sin pausas estacionales, reduciendo la deforestación y la pérdida de biodiversidad.
Aplicaciones en cosmética y ganadería
El potencial de estos microorganismos se extiende también a la industria de la belleza y el cuidado personal. Gracias a su alto contenido en minerales y antioxidantes, se utilizan en champús y mascarillas para hidratar la piel, reducir la inflamación y proteger contra los rayos UV. En el sector ganadero, su uso en piensos para animales podría reducir drásticamente el impacto ambiental de la industria cárnica, disminuyendo las emisiones de CO2 asociadas a la producción de carne a gran escala.
Aunque la producción masiva de bienes basados en microalgas se encuentra todavía en una fase temprana, la colaboración entre instituciones como el Banco Español de Algas y proyectos internacionales está acelerando su llegada al mercado. En los próximos años, es muy probable que estos organismos milenarios pasen de ser los grandes desconocidos del océano a ser componentes habituales en nuestra dieta, nuestros cosméticos y el combustible de nuestros vehículos, consolidando un modelo económico más verde y resiliente.
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