Thrifting y postureo verde: El mundo se ahoga en 92 millones de toneladas de residuos

Alberto Noriega     5 enero 2026     6 min.
Thrifting y postureo verde: El mundo se ahoga en 92 millones de toneladas de residuos

El consumo «verde» oculta un fracaso sistémico. Analizamos cómo la reventa y el reacondicionamiento exportan residuos tóxicos al Sur Global.

Expertos y activistas climáticos han denunciado este diciembre de 2025 cómo el auge del consumo consciente en los países del Norte Global está enmascarando un trasvase masivo de residuos tóxicos hacia naciones en desarrollo. Bajo la apariencia de sostenibilidad, el 70% de la ropa donada en Europa y América termina en mercados de África y Asia, donde el 40% llega como basura inservible que colapsa vertederos locales. Esta dinámica, analizada por Global Commons, revela que la reutilización funciona a menudo como una eliminación de residuos por delegación, trasladando la carga ambiental a comunidades vulnerables. La urgencia de esta denuncia radica en que el «estilo de vida verde» está priorizando la estética sobre la rendición de cuentas corporativa, retrasando las reformas estructurales necesarias para frenar la crisis climática.

El espejismo de la donación textil

La industria de la moda genera actualmente 92 millones de toneladas de residuos textiles al año, una cifra que las proyecciones sitúan en 134 millones para 2030. Lo que en ciudades como Londres o Berlín se percibe como un acto de caridad —la donación de ropa— se traduce en Ghana en la llegada de 15 millones de prendas de segunda mano cada semana. El problema crítico reside en la calidad de estos envíos: aproximadamente el 40% de los textiles que entran en mercados como el de Kantamanto son desechos inutilizables, afectados por moho o fibras sintéticas deshilachadas que terminan degradándose en microplásticos en los sistemas de agua locales.

Este flujo masivo no solo genera una crisis sanitaria, sino que ha provocado la erosión económica de la industria manufacturera local en países como Nigeria, Uganda y Tanzania. En Ghana, un sector textil que empleaba a 30.000 trabajadores en la década de 1980 ha quedado reducido a menos de 2.000 operarios hoy en día, incapaces de competir con la avalancha de ropa usada barata. La estructura actual permite que las marcas de fast fashion externalicen el coste de su sobreproducción, utilizando los canales de donación para deshacerse de inventarios invendibles sin asumir la responsabilidad de su gestión final.

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Electrónica con entrañas nuevas

El mercado de dispositivos reacondicionados se presenta como la solución a la obsolescencia programada, pero la realidad técnica es más ambivalente. Muchos teléfonos «renovados» son de segunda mano solo en su carcasa, mientras que internamente incorporan baterías y pantallas nuevas que mantienen la demanda de extracción minera. Cerca del 70% del cobalto mundial proviene de la República Democrática del Congo, donde entre el 15% y el 30% de la extracción se realiza en condiciones artesanales peligrosas, sin estándares de seguridad ni protecciones laborales mínimas para los mineros.

La gestión del final de la vida útil de estos aparatos sigue siendo el eslabón débil del sistema, con menos del 22% de la basura electrónica reciclada formalmente a nivel global. El resto termina en vertederos informales de Pakistán o India, donde los trabajadores queman cables al aire libre para extraer cobre, exponiéndose a vapores de mercurio, plomo y solventes ácidos. El reacondicionamiento, por tanto, ralentiza la eliminación pero no detiene la extracción ni elimina los residuos tóxicos, simplemente desplaza estos procesos degradantes fuera de la vista de los consumidores occidentales.

Clasismo en la economía circular

Existe una brecha abismal entre el significado del consumo de segunda mano en el Norte y en el Sur Global. En plataformas como Vinted o Depop, el comercio de prendas vintage se ha convertido en una seña de identidad cultural que otorga validación moral y estatus estético a los jóvenes consumidores. Sin embargo, en los mercados africanos, la reventa es un laboratorio de supervivencia donde los comerciantes pagan por adelantado fardos de contenido desconocido, asumiendo todo el riesgo financiero si la mercancía resulta ser basura inservible.

Esta «economía de la reutilización» se apoya en una red de trabajadores invisibles, como los porteadores en Accra que cargan balas de 55 kilogramos por apenas unos céntimos el trayecto. Estos eslabones de la cadena rara vez aparecen en los paneles de diseño circular o en los esquemas de certificación ecológica de las multinacionales. Incluso el marco del «Derecho a Reparar» de la Unión Europea, ampliado en 2025, se centra casi exclusivamente en el acceso del consumidor final, ignorando las condiciones infrahumanas de los recicladores que absorben la carga tóxica de los dispositivos europeos.

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Responsabilidad individual contra sistémica

La narrativa climática actual ha puesto un énfasis excesivo en el comportamiento individual —como usar pajitas de papel o comprar ropa de segunda mano—, un fenómeno que los expertos llaman «responsabilización» del consumidor. Este enfoque desvía la atención de los verdaderos motores del cambio climático, como la extracción de combustibles fósiles o la producción masiva de plásticos. En África, las campañas de limpieza de playas apoyadas por grandes corporaciones generan imágenes positivas, pero el plástico posconsumo representa menos del 3% de las emisiones totales del continente, que sufre más por la falta de regulación industrial.

Las entidades que más se benefician de este mito de la sostenibilidad individual son los fabricantes de electrónica y moda, que mantienen su ritmo de producción mientras limpian su imagen con líneas «conscientes». Al desplazar la responsabilidad hacia el ciudadano, los gobiernos nacionales logran diluir la necesidad de leyes estrictas sobre la producción y la rendición de cuentas corporativa. No hay cantidad de botellas recicladas que pueda compensar el papel de empresas como Coca-Cola como el mayor productor mundial de plástico, ni las emisiones descontroladas de las grandes petroleras.

Justicia más allá del símbolo

La conclusión de 2025 es clara: la sostenibilidad sin justicia social es solo un ejercicio de relaciones públicas. No podemos seguir celebrando la cultura del thrifting si esta depende de que ciudades del Sur Global sigan siendo los vertederos del mundo. La verdadera transformación requiere reformas estructurales que prohíban la exportación de residuos bajo el nombre de «donaciones» y que obliguen a los fabricantes a asumir la responsabilidad total del ciclo de vida de sus productos, financiando sistemas de reciclaje dignos y seguros para todos los trabajadores de la cadena.

Hacia el futuro, la resiliencia climática no vendrá de gestos que nos hagan sentir bien, sino de una regulación severa que reemplace al simbolismo inútil. Necesitamos productos modulares y reparables por diseño, pero también un reconocimiento de la deuda ecológica con los países que absorben nuestra basura. El progreso real solo ocurrirá cuando el coste ambiental deje de ser un producto de exportación de quienes tienen el poder hacia quienes no lo tienen. Si nuestras acciones «verdes» solo sirven para maquillar un sistema de extracción y desperdicio infinito, no estamos resolviendo la crisis; simplemente estamos ensayando cómo ignorarla mientras el problema escala.

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