1 Terabit por segundo es posible gracias a la revolución del 6G satelital que llega en 2030
La integración de satélites en redes 5G y 6G eliminará las zonas muertas para 2030, permitiendo velocidades de 1 Tbps en cualquier lugar del planeta.
Para el año 2030, la distinción entre redes móviles terrestres y espaciales habrá desaparecido por completo, permitiendo que miles de millones de smartphones se conecten directamente a satélites sin interrupciones. Según un análisis publicado esta semana en la revista Engineering, la Unión Internacional de Telecomunicaciones ha fijado el despliegue del estándar 6G (IMT-2030) con el objetivo de alcanzar velocidades de 1 terabit por segundo, lo que supone multiplicar por cien la capacidad actual del 5G. Esta convergencia tecnológica, que ya vive hitos críticos en este inicio de 2026, promete erradicar las zonas sin cobertura en áreas remotas donde la instalación de torres físicas resulta económicamente inviable. Gracias a la reducción masiva de la latencia en satélites de órbita baja, el usuario final disfrutará de una conectividad global fluida, marcando el fin de la brecha digital geográfica.
La autopista de órbita baja
La clave de esta transformación reside en el despliegue masivo de satélites de órbita terrestre baja (LEO), situados a altitudes inferiores a los 2.000 kilómetros. A diferencia de los antiguos modelos geoestacionarios, cuya latencia de 250 milisegundos hacía imposible el juego online o la telemedicina, los nuevos sistemas LEO logran tiempos de respuesta de entre 20 y 50 milisegundos. Aunque todavía son ligeramente más lentos que las redes de fibra terrestre, su capacidad para cubrir océanos, desiertos y cordilleras los convierte en el complemento indispensable para la arquitectura unificada del 6G.
La integración técnica recibió su impulso definitivo en 2022, cuando el organismo regulador 3GPP incorporó las Redes No Terrestres (NTN) en sus especificaciones oficiales. Actualmente, el desarrollo de la Versión 19 de este estándar se centra en el procesamiento a bordo y los enlaces entre satélites, permitiendo que los datos viajen por el espacio entre diferentes naves antes de bajar a tierra. Este avance significa que la infraestructura espacial dejará de ser un simple espejo que rebota señales para convertirse en un centro de datos dinámico que se desplaza a velocidades orbitales sobre nuestras cabezas.
Despegue inminente en 2026
La industria aeroespacial ha pisado el acelerador durante los últimos meses de 2025 para que 2026 sea el año de la conectividad directa al dispositivo. SpaceX ya ha expandido su constelación Starlink a más de 650 satélites con capacidad celular directa y planea lanzar una nueva generación de naves este año con una capacidad de transmisión 20 veces mayor. Esta expansión es posible tras asegurar una inversión estratégica de 2.600 millones de dólares en espectro adicional, lo que posiciona a la compañía de Elon Musk como el líder indiscutible en la provisión de señal móvil desde el espacio.
Por su parte, la firma AST SpaceMobile ha marcado un hito el pasado 24 de diciembre con el lanzamiento del BlueBird 6, el satélite de comunicaciones comerciales más grande jamás puesto en órbita. La empresa proyecta desplegar hasta 60 satélites para finales de 2026, asegurando una cobertura de banda ancha continua para terminales móviles estándar sin necesidad de hardware adicional. Esta competencia feroz garantiza que, para el cierre de este año, la conexión satelital deje de ser un servicio de emergencia para convertirse en una opción comercial viable para el usuario común.
Desafíos en la frontera digital
A pesar del optimismo tecnológico, la ingeniería se enfrenta a obstáculos físicos monumentales, como el efecto Doppler causado por la altísima velocidad de los satélites. Este fenómeno desplaza las frecuencias de radio, exigiendo sistemas de compensación en tiempo real extremadamente complejos para evitar que la señal llegue distorsionada al smartphone. Además, la asignación del espectro radioeléctrico es hoy un campo de batalla legal, ya que las redes espaciales deben compartir frecuencias limitadas con las terrestres sin interferir en sistemas críticos de aviación o seguridad nacional.
La sostenibilidad orbital es otra preocupación creciente, dado que solo SpaceX tiene autorización para poner en órbita hasta 40.000 satélites, una cifra que multiplica por diez el total de objetos lanzados en toda la historia de la humanidad. El riesgo de colisiones y la acumulación de escombros espaciales ha obligado a investigadores como Afang Yuan y Zhihua Yang a priorizar la gestión de redes mediante inteligencia artificial. Estos sistemas de IA serán los encargados de optimizar el enrutamiento de señales y coordinar las trayectorias de las constelaciones para evitar un desastre que podría dejar inutilizable la órbita baja terrestre durante décadas.
El salto al terabit por segundo
La meta final del IMT-2030 no es solo la cobertura, sino una velocidad de transferencia que redefinirá la economía digital global. Al alcanzar el terabit por segundo, tecnologías como la realidad aumentada inmersiva y el control de infraestructuras críticas en tiempo real podrán funcionar de forma ubicua. Para lograrlo, los científicos están experimentando con superficies inteligentes reconfigurables, una tecnología que permite «moldear» las ondas de radio en el espacio para dirigirlas con precisión quirúrgica hacia los dispositivos de los usuarios, minimizando la pérdida de energía y maximizando el ancho de banda disponible.
Este ecosistema hiperconectado requerirá una cooperación sin precedentes entre gobiernos y empresas privadas para gestionar una red que no conoce fronteras nacionales. El estudio de Engineering subraya que la gestión de espectro impulsada por IA será el único mecanismo capaz de arbitrar el tráfico en una red donde millones de satélites y torres terrestres hablen el mismo idioma. En este escenario, el smartphone ya no será un receptor de señales locales, sino un nodo de una red neuronal planetaria que opera tanto a ras de suelo como a miles de kilómetros de altura, unificando por fin el tejido comunicativo de la Tierra.
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