La conducción autónoma basada en IA borrará del mapa a los conductores de Uber o Lyft según el CEO de Airtasker

Alberto Noriega     13 enero 2026     5 min.
La conducción autónoma basada en IA borrará del mapa a los conductores de Uber o Lyft según el CEO de Airtasker

Tim Fung, CEO de Airtasker, predice que los conductores desaparecerán en 5 años ante la IA, mientras los oficios manuales serán los más seguros.

Tim Fung, director ejecutivo de la plataforma Airtasker, ha desatado el debate global al afirmar este jueves que los conductores de plataformas como Uber o Lyft desaparecerán en un plazo de tres a cinco años debido a la conducción autónoma. Esta transformación radical del mercado laboral, impulsada por la integración masiva de la inteligencia artificial, sitúa a los empleados de «cuello blanco» en una posición de vulnerabilidad frente a los trabajadores de oficios físicos. Fung sostiene que, en este nuevo paradigma, la destreza manual y la resolución de problemas in situ se convertirán en los refugios más sólidos contra la automatización. Mientras las empresas tecnológicas aceleran su transición hacia flotas robóticas, el valor de los servicios especializados realizados por humanos experimenta una revalorización inesperada en la economía global.

La sentencia del volante

La industria del transporte privado se enfrenta a un punto de inflexión donde la tecnología de conducción autónoma dejará de ser una inversión deficitaria para convertirse en el estándar operativo. Gigantes como Waymo, la filial de Alphabet, ya han anunciado planes agresivos para expandir sus servicios de taxis sin conductor a ciudades como Orlando, Miami, Dallas y Houston a lo largo de 2026. Según Tim Fung, esta transición es inevitable porque el coste de mantener a un humano al volante será insostenible frente a la eficiencia y escalabilidad de los vehículos autónomos que ya operan de forma experimental en múltiples núcleos urbanos.

Este desplazamiento no se limitará al transporte de pasajeros, ya que empresas de logística como DoorDash están integrando robots y vehículos sin operario para automatizar la «última milla» de las entregas. Aunque la inversión inicial es sustancial y actualmente genera pérdidas, el modelo de negocio apunta a una eliminación casi total de la masa salarial de conductores para finales de la década. El CEO de Airtasker subraya que esta es la primera gran ola de sustitución física real, donde la máquina no solo asiste al humano, sino que lo reemplaza por completo en una tarea que hasta hace poco se consideraba compleja de automatizar.

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Resiliencia del cuello azul

En contraste con el sector del transporte, los trabajos que requieren una interacción física directa con entornos impredecibles, como la carpintería o la construcción de cercas, se perfilan como los más protegidos. La inteligencia artificial actual y la robótica todavía carecen de la rentabilidad necesaria para replicar la capacidad de adaptación y la motricidad fina que un trabajador especializado despliega en una reforma doméstica. Fung asegura que estas tareas de «cuello azul» serán lo último en ser automatizado, ya que cada hogar y cada avería presentan desafíos únicos que escapan a la estandarización algorítmica.

Esta resiliencia de los oficios manuales está provocando un trasvase de interés en plataformas de servicios, donde los usuarios valoran cada vez más la habilidad artesanal frente a la eficiencia digital. El mercado está empezando a reconocer que un programador de nivel inicial es más fácil de sustituir por una IA generativa que un fontanero que debe diagnosticar una fuga en una estructura antigua. Según los datos de Airtasker, la negociación de precios basada en habilidades especializadas sigue siendo un terreno dominado por el juicio humano, lo que otorga a estos profesionales una seguridad laboral que muchos trabajadores corporativos han empezado a perder.

El declive del programador

La amenaza de la automatización ya no golpea solo a la base de la pirámide, sino que ha penetrado en los sectores de programación, ingeniería y ciencia de datos. Informes sectoriales de 2026 indican que los roles de nivel inicial en desarrollo de software y análisis de datos están sufriendo una contracción visible, ya que la IA es capaz de generar código y procesar bases de datos con una fracción del coste humano. Los contadores, redactores técnicos y trabajadores de centros de llamadas se encuentran en la zona de máximo riesgo, enfrentando una obsolescencia acelerada por herramientas que redactan, calculan y atienden clientes con precisión casi humana.

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Ante este panorama, Fung sugiere que los trabajadores de «cuello blanco» podrían encontrar una mayor satisfacción personal regresando a los oficios y las artes. La premisa es que el trabajo informático se está volviendo una mercancía genérica (commodity), mientras que la creación física de objetos o la resolución de problemas tangibles mantiene un valor intrínseco que la IA no puede devaluar. Esta visión coincide con la crisis de identidad profesional que atraviesan miles de graduados que ven cómo sus títulos técnicos pierden relevancia frente a modelos de lenguaje cada vez más capaces de razonar y ejecutar tareas lógicas complejas.

Impuestos a la robótica

La velocidad de este reemplazo laboral ha encendido las alarmas en el ámbito político, con figuras como el senador Bernie Sanders liderando la carga contra el desempleo tecnológico. Sanders ha denunciado públicamente a corporaciones como Amazon por sus planes de eliminar cerca de 500,000 puestos de trabajo mediante el uso de robótica avanzada e IA en sus centros de distribución. La propuesta legislativa que gana fuerza en 2026 es la creación de un impuesto a la automatización, diseñado para gravar a las empresas que sustituyan humanos por máquinas y utilizar esos fondos para financiar la transición y el reentrenamiento de los trabajadores desplazados.

Esta tensión política subraya una realidad económica inevitable: la eficiencia tecnológica está chocando con la estabilidad social. Mientras los servicios de transporte autónomo prometen ciudades más seguras y viajes más baratos, el coste humano de la transición podría ser devastador si no se establecen mecanismos de compensación. La paradoja de 2026 es que la misma tecnología que nos libera de las tareas repetitivas nos obliga a replantear el contrato social, donde el valor del trabajo físico podría ser la última frontera de la dignidad salarial frente al dominio absoluto de los algoritmos.

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